viernes, 19 de diciembre de 2008

"La felicidad del desmemoriado"

“La ventaja de tener mala memoria es que
se goza varias veces de las mismas cosas.”

F. Nietzsche


Eran las seis y cincuenta de la mañana e iba como todos los días camino al trabajo. Cual juego de ajedrez repetido, las piezas de esa parte de la ciudad jugaban sus pasos recurrentes: Alistaba el puesto del periódico el viejo canillita, sonaba el gran reloj de la plaza al dar las 7, los típicos borrachos de los lunes encaramados en las bancas públicas, las mismas gentes atravesando velozmente las esquinas, los débiles faroles coloniales cerraban los ojos hasta que los salve un nuevo atardecer, los gritos desaforados de los taxistas arrebatándose pasajeros; todo parecía habitual excepto el comportamiento de un hombre que caminaba sumamente aprensivo en tres metros cuadrados enterrando la vista ansiosamente en el suelo, como preocupado y como temiendo perder ese algo que tanto buscaba sin lograrlo.


El hombre aquel salía de un hospital y entraba nuevamente descorriendo sus pasos, salía y repetía la triste faena. Intrigado y temeroso abandoné la estación del autobus y arrimé a un borracho de una de las bancas para continuar espectando aquella representación. Un viento tempranero saludó nuestras calles arrancando las últimas hojas que el otoño no logró.
El viento trajo a mis pies desde el jardín del hospital un papel doblado y escrito por los dos lados; se mantuvo dos segundos en mi tobillo antes que lo recogiera arguyendo que era un mensaje para mi, así como tomé tantos libros que encontré en lugares abandonados.

Me acerqué al hombre y me preguntó, con toda seguridad, lo mismo que le preguntara a todos los que cruzaban su camino: ¿Ha visto un papel doblado y escrito por los dos lados cerca de aquí?; súbitamente le contesté que no y le pregunté porque lo busca tanto; el respondió que sufría de amnesia y que había recordado claramente todo lo que ocurrió el día más feliz de su vida y lo escribió para no olvidarlo jamás, me dijo que temía olvidar que en algún momento lo recordó, peor aún, que en algún momento lo escribió; si fuera así pasaría el resto de sus días con la misma sensación de aquel que soñó algo bonito durante la noche y al amanecer no recuerda nada.

En ese momento apreté mi bolsillo para asegurarme que tenía ese papel conmigo y me aparté de ese desmemoriado infeliz, me fui perturbado y sintiendo una extraña culpa por el sufrimiento de aquel hombre; sin embargo resolví en mi corazón leerlo y devolvérselo al atardecer (si lo encontraba). Me subí al autobus y desarrugué de inmediato el papel para leerlo:

Hoy es Jueves 10 de marzo de 2005, estamos en medio de una interminable huelga de médicos del sector público que reclama firmemente la homologación de sus sueldos los hospitales parecerían desiertos de cemento de no ser por la apertura de las salas de emergencias que sólo atendían a gente a punto de morir y gestantes en ultima fase, sin embargo y a pesar de ello me siento profundamente emocionado por el pronto nacimiento del nuevo amor de mi vida: Gabriela

Había experimentado sensaciones muy hermosas como enamorarme de la mujer que hoy he tomado por esposa en mi corazón. Pero la experiencia del nacimiento de mi hija es la más sublime de todas. Estuve muy nervioso desde las cuatro de la madrugada de hoy cuando le sobrevinieron los dolores a Astrid avisando el nuevo alumbramiento, trate de aliviar mi nerviosismo dándole consejos sobre como respirar correctamente. No podía mostrar mi debilidad tenia que mostrarme fuerte aunque reconozco que estuve a punto de suplicarle que no me asustara así, pero eso sólo traería desesperación, así es que me decidí a ser fuerte, esperaba que amaneciera pronto y poder actuar con mayor tranquilidad, así fue. A las diez de la mañana ya habíamos desayunado jugo de naranja y panes con queso, me sentía muy feliz pues mi pequeña iba a nacer en breve y pronto por fin la tendría entre mis brazos. Bajamos al primer piso, Mi esposa avisó a su unica figura maternal: Esperanza, prima de su padre, sin mi consentimiento, pues esperaba que esta experiencia fuera solo nuestra, en fin, la tía Esperanza en su noble e inoportuna labor (para mi) “co-protagonizó” este capítulo de mi vida que tan celosamente había reservado para mi, en fin… Yo necesitaba apoyo moral no relevo.

Llegamos al hospital luego de una caminata desde la calle Mitchel Fort hasta la Avenida Honorio Delgado donde queda el Hospital Nacional Cayetano Heredia. En el camino buscaba una manguera para mojarme y cuando la encontré terminé con salpicones de barro sobre mi impecable pantalón beige, no me importó, ya nada me importaba solo poner a buen recaudo a mi mujer y a mi hija por nacer. Ya en el Hospital mi esposa Raquel tuvo que entrar sola a Emergencias, no me dejaron entrar, eran las once y treinta, Laura y Maria del Carmen, amigas nuestras, habían llegado para hacer presente todo el peso de su apoyo moral, Raquel y yo sentimos que se afligieron con nosotros, se emocionaron con nosotros, se rieron con nosotros, se enternecieron con nosotros

La postergaron para dentro de dos horas más, fueron dos horas terribles para Raquel, a veces perdía la concentración en su respiración y jadeaba tiernamente, rindiéndose en cada suspiro y pronunciando neciamente su impotencia ante el dolor, ¡Ay! Cómo me dolía a mi también su dolor, sin embargo mi deber era permanecer mostrándome fuerte. Al cabo de las dos horas solicitadas por la obstetriz, Raquel entró nuevamente en la sala de atención de emergencias, me dieron una receta para canjear medicamentos, pero me sentí atropellado en mis funciones cuando la tía Esperanza recorrió torpemente el camino para hacer efectivo el canje, nuevamente relevándome. En fin… Qué le vamos a hacer.

Para cuando subieron a Raquel al tercer piso, todo estaba preparado: La sala, la obstetriz, el doctor, los medicamentos, menos yo, pues sentía claramente como me moría dentro de mi por estar junto a ella, aliviando su dolor con mis manos sobre su frente y secando sus lagrimas y el sudor de su rostro, yo no estaba preparado, lo admito, el miedo me invadía como las olas invaden la arena de la playa al atardecer. Corrían las dos de la tarde, cuando trataba de identificar entre los gritos que salían detrás de las puertas del pasillo, el grito de mi mujer y el llanto de mi pequeña. Estuve así durante media hora. Para las dos de la tarde y veinte minutos en medio de la emoción y la alegría de varias personas que estaban en la misma situación que yo, mi niña había llegado al mundo exterior, no puedo hablar de su expresión cuando nació pero Raquel me dijo que en su llanto entendió la palabra “mamá”, hecho que causó la extrañeza del doctor y la obstetra que la atendieron.

Es una hermosa niña, con la sonrisa de su madre y el semblante pensativo de su padre.

Para las dos de la tarde y cuarenta minutos trasladaron a Raquel a Recuperación, me corroboró haciendo señas con sus manos que era una niña y entonces, sólo entonces desencadené dentro de mi el mar de emociones que tenia entrampado por la duda.

Llegó mi abuela, dejé de sentirme sólo, llegó la abuela de Raquel, me perturbé levemente,

Lamentablemente la alegría menguó cuando supe que mi prima estaba en emergencias atendiéndose por cálculos en la vesícula. Aun no sé el desenlace, me quedé en el Hospital hasta las nueve y treinta de la noche, sin probar alimento. Emocionado por la vida, entristecido con la muerte de una anciana antes del medio día y afligido por el llanto de mi prima hospitalizada.

Al llegar a casa cerca de las once de la noche (estuve una hora en “rock & soda”) encontré a la misma gente de “siempre”, con los mismos hábitos de siempre: Los tíos de Raquel abusando del consumo de cerveza. Bah! No quiero hablar de tragedias, hoy es el más feliz de mis días, mi alma se goza en el amor de Dios que ha puesto de manifiesto su grandeza a través de la vida de mi hija Gabriela.

Terminé de leerlo y se contrajo mi corazón, avancé hasta la puerta del bus para bajar y todo alrededor de mí parecía nublarse hasta no hallar el rostro de ese hombre afligido, llegue al punto donde partí media hora después; lo volví a ver, consumido en su desesperación, al lado suyo una mujer intentaba convencerle de irse con ella y el se negaba. La mujer hizo un movimiento con las manos y dos hombres vestidos como médicos bajaron de un lujoso automóvil, sacaron una camisa de fuerza y lo obligaron a moverse con ellos.
Corrí con el papel empuñado en mi mano levantada al cielo. Me puse delante de el y se la mostré con mis dos manos, este dejó caer una lágrima y luego se echó a reir ruidosamente, su risa era como llanto, su llanto era tan profundo que asemejaba a una oscura y eterna carcajada.

Tal fue la felicidad del desmemoriado.

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